EDITORIAL
Ciencia y poesía
“La poesía es una forma de resistencia, un acto de rebelión contra la mundanidad y la mediocridad”
Louise Glück
La poesía nunca fue para mí un género literario demasiado atractivo. Cuando era adolescente, alguna vez quizás, esperé ablandar y ganarme el corazón de alguna señorita que me interesaba escribiendo o copiando alguna poesía edulcorada. Lo hacía contra mis estúpidos principios de macho argentino. En mi joven ignorancia creía que la manifestación de sentimientos y emociones a través de versos volcados en un papel acerca del amor o la belleza, del dolor, melancolías de la vida o la muerte y otras pavadas era una completa cursilería.
Louise Glück es reconocida con el premio Nobel de literatura en 2020, esta poeta originaria de Nueva York, sorprendida al recibir el anuncio, aseguró que: “La Academia Sueca está eligiendo honrar la voz íntima y privada, que la expresión pública a veces puede aumentar o extender, pero nunca reemplazar”.
“Aquellos de nosotros que escribimos libros probablemente deseamos llegar a muchos. Pero algunos poetas no ven llegar a muchos en términos espaciales, como en el auditorio lleno. Ven llegar a muchos de forma temporal, secuencial, muchos a lo largo del tiempo, hacia el futuro, pero de alguna manera profunda estos lectores siempre vienen solos, uno por uno”.
Sólo una pequeña parte del poema Madre e hijo:
“Para eso naciste: para silenciarme.
Células de mi madre y de mi padre, llegó el momento
de ser fundamental, de ser la obra maestra.
Yo improvisé; nunca recordé.
Ahora es tu turno de entrar en acción;
sos el que demanda saber.”
Ella decía que escribía poemas que intentaban sorprenderla a ella misma. “Si el lector siente que está a punto de acercarse a un final que puede imaginar, que parece coherente con el comienzo de la oración, hago que el poema dé otro giro, quiero que el lector esté un poco inquieto, que se sorprenda y que el final sea más interesante, más vivo. Escribo para mantener el asombro”.
Para mí sus poemas muestran el increíble arte de decir tanto y tan profundo sin ser explícito o literal, está todo escondido en esas maravillosas líneas, sólo hay que buscarlo.
El que escribe y el que lee comparten intimidad, sueños y realidades. Son finalmente cómplices de una historia común. Son ambiciosos al dar y recibir, buscan de alguna manera interpelarse profundamente.
Por qué escribir en una revista científica una editorial sobre la poesía de Louise Glück, qué tiene que ver con la ciencia. Posiblemente nada, pero seguramente todo, porque aquello que logre en el lector una genuina inspiración en este mundo de duras realidades puede alimentar la creatividad dormida o vencida y relanzarlo a la búsqueda de una nueva realidad mucho más virtuosa.
Algunos de ustedes comenzarán leyendo estas líneas y posiblemente abandonen con desinterés el camino del final, ni siquiera llegarán a leer el fragmento del poema Madre e hijo. Una lástima, no hay tiempo para reflexionar, volamos por la vida sin detenernos nunca. Si de vez en cuando lo hiciéramos, si lográramos por momentos escapar de la realidad cotidiana, encontraríamos en ese fragmento del poema, de profundidad casi insondable, una verdad, para mí inspiradora y a la vez profundamente aliviadora del ser.
Haciendo una enorme autocrítica como editor de una revista científica, creo que la ciencia escrita está dejando de sorprendernos. La objetividad le está ganando ampliamente a lo subjetivo. Estamos olvidando que escribimos sobre seres humanos emocionales y sensibles, individuos únicos e irrepetibles. En mi imaginación, cuando leo un artículo original moderno, me siento como manejando un largo camión que carga veinticinco autos cero kilómetro del mismo color, marca y diseño. Siento que estoy leyendo páginas llenas de copy/paste. Experimento la sensación de ya haber leído en múltiples ocasiones muchas de las frases y conclusiones allí expresadas. Es un modelo de productos en serie, como las antiguas máquinas que imprimían los diarios, así siento que salen y salen los artículos científicos.
Es verdad, el profesor y amigo personal Bruce Reider en su artículo publicado en esta misma revista en el 2010 escribió: “Escribir un artículo científico no es lo mismo que escribir un manuscrito, ya que debe respetar un estricto formato lógico, en el cual el investigador, utilizando el método científico mediante el test de la hipótesis, comunica los resultados de su investigación y explica cómo hizo para obtenerlos.”
Por supuesto que no es comparable un poema con un artículo científico. Pero estoy convencido de que cualquier actividad repetitiva, se agota. Escribir significa una búsqueda personal que con una metodología determinada pretende expresar una verdad. La lectura de esa verdad, a veces algo ambigua y a veces algo teñida de ambiciones comerciales o personales, se transforma en un fiasco.
Karl Popper, filosofo austríaco extremadamente influyente en la ciencia del siglo XX, fue célebre por su “Principio de la falsabilidad”. Para él no había un método lógico, el descubrimiento surgía de la irracionalidad e intuición creadora del individuo. Popper hablaba de la lógica para contrastar teorías (falsación): “Siempre que tratemos de proponer una solución para un problema debemos, en lugar de defenderla, intentar echarla abajo con todas nuestras fuerzas”.
Personalismo extremo, narcisismo, egos y otras yerbas predominan en las controversias científicas. Las comunidades científicas criadas bajo la protección del “Paradigma científico” de Thomas S. Kuhn no se pueden desafiar. Me produce profunda tristeza que no se nos permita este desafío, al leer la poesía de Glück experimento la necesidad de salir a pelear, de esforzarme por no caer en la repetición agotadora de lo seguro, que sólo logra calmar mi parte consciente.
PRIMER RECUERDO
Hace mucho tiempo, fui herida. Viví
para vengarme
de mi padre, no
por lo que él fue
sino por lo que fue de mí: desde el principio,
desde niña, creí
que el dolor quería decir
que no me amaban.
Que amaba, quería decir.
Louis Glück
Sigmund Freud propuso que la teoría psicoanalítica se convirtiera en una ciencia. Sus sesiones con los pacientes, según el mismo, eran un método de investigación válido, el éxito terapéutico no era un fin en sí mismo. Lacan decía que el discurso científico y el discurso histérico tenían casi la misma estructura y, finalmente, Carl Jung afirmaba que no existía ninguna terapéutica que fuera válida para todos los individuos.
El desafío del ser humano del siglo XXI es conocer su propia subjetividad. La razón de la existencia humana no es una razón común a toda la humanidad, es individual y es única. La ciencia y el método científico deberían respetar y tratar de entender al individuo como un ser particular. No viajamos por la vida dentro de un camión con acoplado como máquinas iguales construidas con la misma matriz.
Interpretar y aceptar esa individualidad aterradora nos va a conducir a una incertidumbre absolutamente necesaria para poder seguir alertas y libres y así poder recuperar la capacidad de sorprendernos.
Dr. Fernando Barclay
Editor en jefe